Por: Andrés Gallego*

Durante los primeros 12 días del mes de diciembre se celebra en Lima la Cumbre de la ONU sobre el Cambio Climático (COP20), un espacio donde se busca llegar a acuerdos internacionales para hacer frente al cambio climático, fruto de los efectos contaminantes de la industria de la mayoría de los países desarrollados y otros en vía de desarrollo.

Existe hoy un consenso casi general en que el modelo de desarrollo actual se ha mostrado insostenible y es necesario cambiarlo. Es evidente que este modelo actual sólo puede funcionar en la medida en que cree permanentemente desigualdad, porque de otra manera los recursos mundiales no bastarían. Es, por tanto, una de las causas más directas de la pobreza. En la lucha contra el cambio climático, es claro, importa la conservación de la naturaleza, pero importa, sobre todo, la eliminación de la pobreza.

Un verdadero desarrollo debe ser siempre sostenible. Y debe ser un desarrollo que respete la dignidad de las personas y esté a su servicio. “El derecho al desarrollo es un derecho humano”, como fue recordado por la misma Asamblea General de la ONU mediante la resolución 34/36 del 23 de noviembre de 1979.
Para los cristianos, esta es una tarea ineludible. El concilio Vaticano II nos recordó uno de los principios más tradicionales de la fe cristiana: “Dios ha destinado la Tierra y cuanto ella contiene para uso de toda la humanidad y todos los pueblos” (Gaudium et spes 69). Cuidar la Tierra –y cuanto ella contiene-, el conjunto de la creación, es condición necesaria para un verdadero desarrollo que esté al servicio del ser humano. Y en esto tenemos una larga tradición en las fuentes bíblicas. Sin hacer, ni mucho menos, un estudio detallado de ello, baste recordar que en el Génesis se nos dice que la creación procede de Dios como creación por acabar, y como tal es entregada al ser humano (Gn 1,28-31). Depende, entonces, de nosotros cuidarla y mejorarla o degradarla y destruirla.

En el pensamiento bíblico, cielo y tierra están estrechamente ligados, hasta el punto de ser prácticamente una unidad. No puede haber separación entre ellos. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”, se nos dice exactamente al comienzo del Génesis. Y esa misma expresión utiliza también el profeta Isaías cuando siente que se cumple el proyecto salvífico de Dios en favor de su pueblo y contra aquellos que se sienten dueños de la creación y –como hoy- acaparan la tierra para ellos y las esquilman en su beneficio.
“He aquí –dice el Señor- que yo creo cielos nuevos y tierra nueva (…). No habrá allí jamás niño que viva pocos días, o viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años, y el que no alcance los cien años será porque está maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán su fruto. No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvé ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo los escucharé. Lobo y cordero pastarán juntos, el león comerá paja como el buey, y la serpiente se alimentará de polvo, no harán más daño ni perjuicio en todo mi monte santo –dice Yahvé-” (Is 65,17-25).

El sueño de Isaías, puesto en boca de Yahvé, es un mundo en armonía. Armonía con Dios, armonía entre hombres y mujeres, armonía con la naturaleza y la creación. Es la armonía que también nosotros podemos soñar y podemos ayudar a construir, aquí, en esta Tierra y en esta historia.
* Teólogo, sacerdote, miembro del Instituto Español de Misiones Extranjeras, IEME

Este artículo fue publicado en el diario La República el jueves 27 de noviembre de 2014. Ver link: Una nueva tierra.
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